7 de mayo de 2015

Mi herencia

Allá por el 85, cuando el primer gobierno del PSOE aprobó la Ley que regulaba los órganos de las Cajas de Ahorro, a mi padre le ofrecieron ser consejero de Cajamadrid. Hoy eso ya suena a señor con puro, sillón de cuero, coche oficial y chanchullos en el Club de Campo, pero en realidad era algo perfectamente legal, ético y democrático.

Las cajas de ahorro no eran bancos al uso -al menos entonces- sino entidades públicas, propiedad de todos los ciudadanos, con obligación de invertir en proyectos que revirtiesen en economía productiva, no especulativa, y cuyos beneficios debían destinarse al interés de toda la sociedad y no a llenar los bolsillos de unos accionistas. De ahí la existencia obligatoria de las obras sociales de las cajas. Por tanto, era perfectamente lógico que estuviesen dirigidas por representantes de los ciudadanos: partidos políticos, sindicatos, etc.

Obviamente, se podía haber hecho mejor, como todo sistema. ¡Haber movido el culo, conciudadanos! Y no haber votado a la gentuza que primero les permitió especular como cualquier otro banco, luego mangoneó la representación de los consejos y luego las privatizó para quedarse los beneficios y dejaros la deuda. Pero esa es otra historia.

Mi padre, militante del PSOE toda su vida y siempre dispuesto a aceptar la responsabilidad que el partido le encomendase, se mostró sorprendido, agradecido por el reconocimiento que significaba, pero lo rechazó. Por un motivo tan simple como que:
- Es que yo no soy economista ni tengo ni idea de finanzas, no sabría qué votar, ni siquiera iba a entender los papeles sobre los que tendría que votar.

Quien se lo ofreció -cuyo nombre omitiré por una deferencia que no merece- le quitó importancia a ese detalle:
- Pero tú no te preocupes por eso, hombre. ¿Tú crees que los demás que van saben mucho de economía? ¡Para nada! Lo que necesitamos es gente del partido, gente de confianza. Tú no tienes ni que leer los documentos, para eso ya tenemos a otros. Esto sólo consiste en ir a las reuniones y votar lo que nosotros te digamos. Y es una reunión cada X meses, nada más. Ah, y con sueldo y dietas, por supuesto.

Y desde un punto de vista estricto... la verdad es que no había nada ilegal en el planteamiento. Ni siquiera se podía decir que no fuese coherente.

Los puestos en Cajamadrid no correspondían a fulanito o menganito sino al partido. Lógicamente, la política a votar en los consejos debía ser la del partido, que es la que habían respaldado los ciudadanos, no la que a fulanito se le antojase, porque entonces fulanito podía terminar siendo un cacique que tras llegar al puesto traicionase a los votantes y al partido que le puso ahí y se dedicase sólo a su interés personal (hola, Moral Santín). Y en 1982 y 1983 el PSOE se encontró de la noche a la mañana con miles de cargos que ocupar y con muy poca gente preparada para ello, así que tuvieron que tirar de lo que había, gente que a falta de preparación al menos fuesen leales al programa y el socialismo.

Pero hubo algo en la forma de presentarlo. Algo demasiado... Demasiado descarado. Demasiado desnudo de ideología, de programa. Demasiado centrado en cuánto iba a ganar por cada reunión -y era una pasta gansa- y demasiado poco en cómo le iban a explicar los temas que tendría que supervisar. Demasiado brazo de madera, demasiado "sit" y "plas". Y mi padre no era muy de "sits" y "plas".

El fulano, el compañero ya hecho a pisar moqueta, el que nunca pasó por las trincheras, la cárcel, el hambre y la humillación, le expuso todo lo que iba a ganar por no ser más que la voz de su amo y se quedó en silencio mirándole con los ojos muy abiertos y asintiendo, como diciéndole: "Sí, tío, por no hacer nada". Mi padre le devolvió una mirada con los ojos entrecerrados, como sopesando los ceros en la cuenta corriente. Sonrió y dijo:
- Gracias, pero... No, creo que no voy a poder.

- ¿Cómo q...? ¿Pero cómo que no? ¿Por qué, hombre, si es un chollo?

- No, si desde luego es un chollo, pero... Es que yo me afeito por las mañanas, ¿sabes? Así que...

El fulano se quedó un instante en silencio sin comprender y mi padre encogiéndose de hombros.
- ... No entiendo.

Mi padre se echó hacia delante en la silla, apoyó una mano en el escritorio que les separaba y dijo muy despacio, mirándole fijamente:
- Que no puedo aceptar porque por las mañanas me afeito. Y no podría empezar cada día viendo la cara de un hijoputa en el espejo.

Y se acabó la reunión.

Es una de las historias de mi padre que más me gusta. Quizá la he idealizado con los años pero la recuerdo como una de las que más le definen, de las que más presentes tengo y más me impresionaron. De las que más me pesan a la hora de tomar ciertas decisiones.

No voy a decir que porque mi padre fuese así de honrado yo sea mejor persona. Tampoco sé si de haber aceptado, yo hubiese sido un miserable. Pero el caso es que lo rechazó porque no le parecía ético. Y el caso es que así me lo inculcó.

Y me he acordado, otra vez, al leer esto.

5 comentarios:

  1. Ole, por él y por su memoria

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  2. Es el problema número uno. Gente como esa es la que hace falta. Pero gente como esa, precisamente por ser como son, jamás de los jamases llegará a dirigir un banco ni a ser presidentes de un gobierno.Tu padre, por este artículo y por otros, tiene toda la pinta de haber sido un tipo impresionante. Debería ser fácil, lo normal, ser como él, y sin embargo parece excepcional.

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  3. ¿Puede uno estar entre golfos, hacer lo que los golfos y seguir siendo honesto? ¿Por cuánto tiempo? Hace falta tener ideas claras para no caer cuando te pasan la pasta por la cara. Todo el mundo tiene principios cuando el otro plato de la balanza esta vacío.

    El problema del chico de la noticia que enlazas lo veo claro: que no se puede ir por ahí diciendo que son todas unas putas menos mi madre y mi hermana. O todas putas o ninguna.

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  4. ¿Cómo puedes demostrar que es cierto?
    Si ocupaba un cargo en el partido me lo puedo creer.
    Si no es que te has montado una película.

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    1. No hacía falta ocupar "un cargo" en el partido -signifique eso lo que vete a saber qué crees que significa- para que te propusiesen ser consejero. Ni era obligatorio ni lo eran todos.

      Sobre que te creas o no nada de lo que digo, la verdad, no sé cómo expresar cuánto me la suda.

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