9 de diciembre de 2014

El día que vencí a Cajamadrid (y 2)

(Para entenderlo bien es imprescindible empezar por el principio de los tiempos)



Llego a casa. Antes de abrir la puerta resoplo un par de veces intentando disimular la rabia, no quiero que mi padre note nada.

Mi madre está cosiendo. Él en la cama. El cáncer creciendo. Me pregunta qué tal en el banco y le miento, que bien, sin problemas, que lo he firmado y en un par de días estará la nueva tarjeta. Me tumbo a su lado y comentamos las chorradas de televisión. Un rato después el cáncer aprieta y le duele el estómago, así que le doy media pastilla de morfina y espero hasta que se duerme. El efecto es casi inmediato.

Me quedo mirándole, dando las gracias a la morfina por quitarle el dolor y maldiciéndola por las horas que me roba de estar charlando con él. Le recuerdo en mil situaciones: en su oficina, paseando con los perros, arrancando la moto, hablando en una asamblea del partido, contándome anécdotas de la guerra, tocando el piano...

Recuerdo una vez más el respeto casi reverencial con el que siempre vi cómo le trataban compañeros de trabajo, del partido, amigos de la infancia, familiares, vecinos... Le veo ahora dormido como sólo la morfina hace dormir, que parece que ya estás muerto, completamente inmóvil durante horas. Y quiero matar a SUB.

Me siento al ordenador y busco el Servicio de Atención al Cliente de Cajamadrid. Redacto una carta contando todo lo ocurrido en la oficina, la primera visita, la segunda y la tercera. Después borro la mitad y vuelvo a redactarla sin insultos. Después hago una tercera versión eliminando la rabia. Y una cuarta dejando los mínimos adjetivos imprescindibles. No quiero que nadie pueda echarme en cara estar pagando con el Subdirector el dolor por la cercana muerte de mi padre, quiero que se centre sólo en la pésima organización de la oficina, las consecuencias para los clientes y la falta de profesionalidad para enmendar el error. Quiero que sea incontestable porque quiero dejarle sin trabajo, al menos sin posibilidad de ascenso.

Quince días después llega la respuesta por correo. No guardo la carta original pero no olvidaré jamás los puntos esenciales de su "disculpa": "Lamentamos muy sinceramente el duro momento por el que está pasando", bla, bla, bla... "Cajamadrid se esfuerza continuamente en mejorar sus procedimientos para que el servicio sea más eficiente", bla, bla, bla... Y aquí viene lo mejor. Cito de memoria, las palabras y las frases no son textuales pero la esencia es la misma. Y la metáfora juro que es exacta:
Sin embargo y a pesar de todos estos esfuerzos, es inevitable que de vez en cuando se produzcan, por así llamarlos, accidentes. Es imposible abarcar todos los supuestos y situaciones que pueden darse. Por poner una comparación, es como las medidas que adopta la DGT y los accidentes.

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Blesa, entonces presidente de Cajamadrid, Namibia 2007
Las autoridades se esfuerzan en desarrollar medidas de prevención, normativas y leyes que hagan la circulación cada vez más fluida y segura para el ciudadano: seguridad en los vehículos, límites de velocidad, señalización... Sin embargo, a pesar del indiscutible beneficio general que ello supone, siguen ocurriendo accidentes como los atropellos. Las medidas deben mejorarse continuamente para que el número sea cada vez menor, luchando porque algún día sea cero, pero hasta entonces resulta inevitable que sigan ocurriendo.

En este caso, a pesar del innegable beneficio que las normas de Cajamadrid suponen para los clientes, aún se producen accidentes como el de su padre. Por supuesto, en Cajamadrid lamentamos lo ocurrido y continuaremos en nuestra búsqueda de medidas que garanticen que...
Bla, bla, bla.

Habían pasado, ya digo, quince días. Mi padre ya casi no se levantaba de la cama. Ya no comía nada sólido, solamente aquella especie de batido soluble cuyo nombre no recuerdo y prefiero no preguntarle a mi madre. El batido y el omeprazol. Y la morfina.

El médico que venía a casa fue muy amable y muy claro: "Un sobre en cada comida. Y morfina siempre que tenga dolores. Tened en cuenta que no va a haber mejoría, así que si no le apetece más que medio batido no le obliguéis, porque no se trata de que se recupere. No se va a recuperar. Y al menor dolor, morfina. No os preocupéis por las recetas porque tendréis toda la que necesitéis, lo principal es que pase lo que le queda lo mejor posible."

Mi madre no lo asimilaba. Al poco tiempo a mi padre no le apetecía nada el batido e incluso la mitad le provocaba arcadas. Siempre había en la mesilla un vaso con batido y una bolsa para los vómitos. Pero ella insistía con que "Así nunca te vas a encontrar mejor". Yo intentaba explicarle que ni así ni nunca, que nunca iba a estar mejor, que lo único importante es que hiciese lo que le apeteciese. Como si quería volver a fumar.

Yo soy muy de calentones y el de la tarjeta ya se me había enfriado, había muchas otras cosas por qué preocuparme. Mi madre seguía sacando dinero con la cartilla y a mi padre le mentimos para tranquilizar ese ridículo miedo suyo a los trámites burocráticos con bancos y administraciones. Y la verdad, sólo ver el remite de Servicio de Atención al Cliente y la firma a mano del responsable casi me había reconciliado con ellos, como si todo hubiese sido culpa de un único imbécil, SUB. Fue lo de "accidente" lo que me encendió otra vez.

Mi respuesta aproximadamente fue:
Estimados señores:

Gracias por su respuesta, gracias por hacerla tan claramente personalizada, por el tiempo dedicado y gracias por su apoyo. Sin embargo, debo hacerles notar un error en la metáfora del "accidente".

Mi padre cumplió con sus normas de seguridad y acudió personalmente a su oficina para demostrar que era él quien solicitaba la tarjeta y no alguien que intentaba aprovecharse. Y no pudo porque el encargado de atenderle estaba desayunando y estaba ilocalizable, siempre según ustedes. Esa sí sería una metáfora acertada del "accidente".

Lo de después ya no. Lo de que el causante del accidente se negase a subsanarlo o siquiera a compensarlo ya no es un "accidente" sino... ¿Cómo llamarlo? Por abundar en el ejemplo, vendría a ser denegación de auxilio. Que me dijese a la cara que los empleados de Cajamadrid no van nunca a ver a los clientes sería falsedad documental. Y que no hiciese una excepción -que tampoco sería tal- ni siquiera en el caso de un cliente ejemplar, con 30 años de antigüedad y con un cáncer terminal... La verdad, no sé con qué término jurídico compararlo, sólo me salen expresiones barriobajeras que prefiero omitir.

Así puestos, la metáfora acertada del accidente de circulación no sería la del atropello sin más. Más bien lo que ocurrió es que su empleado decidió saltarse un stop y atropelló a un anciano que cruzaba correctamente por un paso de peatones perfectamente señalizado. Después frenó en seco, dio marcha atrás y volvió a pasarle por encima. Y finalmente huyó haciendo ruedas y atropellándole por tercera vez. Eso sí se parece más a lo ocurrido. Lo sé porque yo era el testigo presencial.

Así que, por favor y agradeciéndole nuevamente el tiempo dedicado, dígame sólo si esta es la respuesta definitiva de Cajamadrid. Dígame que Cajamadrid considera que lo ocurrido en su oficina y la actitud de su empleado es, simplemente, un "accidente", un imprevisto inevitable y que así debo entenderlo.

Dígamelo para asegurarme de que esta respuesta no es fruto de una redacción apresurada por parte de un becario sin experiencia. Dígamelo para que pueda fotocopiarla 300 veces y pegarla en todos los portales alrededor de su oficina, para distribuirla por todos los comercios de la zona, para enviarla a todos mis familiares y amigos, a los vecinos a los que mi padre convenció del buen trato que siempre le dispensaron en Cajamadrid hasta el día del "accidente", y para que pueda enviársela a todos los medios de comunicación de cobertura nacional.

Y dígamelo pronto, que mi padre se muere.

En espera de sus confirmación:

Nunca respondieron.

Mi padre murió un mes después. Cuando volví de trabajar por la tarde charlamos un poco, le dije que iba con mi novia a comprar la mesa del televisor de la que habíamos hablado, una de esas de Ikea con compartimentos para el DVD, la consola... Le empezó a doler un poco y le di media pastilla de morfina, sabiendo que eso suponía dormir hasta el día siguiente. Cada vez teníamos menos tiempo de conciencia. Estaba en lo más profundo del laberinto de Ikea cuando me llamó mi madre.

Sólo con oírla decir mi nombre supe lo que pasaba. Sólo con mirarme, mi chica supo lo que pasaba. Cuando dos segundos después dijo "Papá se muere" ya había cogido a mi chica de la mano y corría empujando a la gente camino de la salida. Recuerdo un dependiente que intentó impedirme pasar por una zona de empleados que yo sabía que era un atajo, y recuerdo que le empujé con un grito de "¡Mi padre se muere!" Recuerdo circular por la M-40 a casi 140, con las emergencias, dando ráfagas y pitando. Del Ikea de Alcorcón a Villaverde en menos de diez minutos. Recuerdo parar en medio de la calle y bajar casi en marcha diciéndole a mi chica "Aparca tú". Qué aguante, qué entereza tuvo aquellos días y qué poco se lo he agradecido...

Mi madre estaba sentada al lado de la cama, como estuvo siempre durante aquellos tres meses desde que supimos lo del cáncer. Le acariciaba la frente llorando. Ya no respiraba. Le busqué el pulso en la muñeca y la carótida sin que ella lo notase. Había muerto. Abracé a mi madre:

TELEOPERADOR (TO): Mamá... Mamá, mírame... Esto es lo que siempre quiso, morir en casa, durmiendo plácidamente y rodeado de su familia. Contigo al lado. Ha tenido todo lo que deseaba. Y tú has estado hasta el final. Hasta el último minuto. Mamá... Despídete tranquilamente, respira hondo, dale un beso... y sal. Yo me encargo del resto.

Sonrío al recordar ahora que mi madre aún se empeñó en cambiarle la ropa interior y peinarle, que nadie le viese sin asear. Después la saqué suavemente del dormitorio, la dejé con mi novia y me quedé a solas con él. Y me despedí. Y esa parte se queda para mí.

Desde pequeño sabía que mi padre quería donar su cuerpo a la ciencia, a la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Y yo era el encargado del trámite, el que tenía su tarjeta de donante. Llamé al médico para que viniese a certificar la defunción, llamé a mis hermanos y bajé a comprar el certificado. El médico llegó enseguida; mientras rellenaba el certificado llamé a la Autónoma y unos minutos después llegó la ambulancia para recoger el cadáver. Lo metieron en una bolsa y lo sentaron en una silla de ruedas para bajarlo. Mi padre sufría de las cervicales y recuerdo que, al sentarlo, la cabeza cayó para atrás bruscamente y estuve a punto de decir "¡Cuidado con el cuello!" Qué tontería...

Me aseguré de que mi madre no viese la salida del cadáver y ella insistió en que siguiese en coche a la ambulancia hasta la facultad, que comprobase que terminaba donde él quería. Por supuesto, la ambulancia iba más rápido que yo, con las sirenas puestas, porque tenían que meter el cuerpo en la cámara frigorífica lo antes posible. Así que la última imagen que tengo de mi padre es una ambulancia que se me escapa entre el tráfico de Madrid.

Quiero creer que llegué a tiempo de verle exhalar levemente por última vez. Pero sé que llegué tarde. Quiero creerlo porque no soporto la idea de que mi padre murió mientras yo compraba una puta mesa barata en Ikea.

Recuerdo que aquel día mi novia me miraba como a un extraño. No con compasión, tristeza o cariño. Me miraba como... con miedo. Y no fue hasta mucho tiempo después que me lo explicó: no lloré ni un momento. Más aún, no parecí triste, ni deprimido, ni perdido, ni nervioso... Según ella, estuve... profesional. Frío. Metódico.

- Es que no vacilaste un momento desde la llamada. Fuiste directo a la salida más cercana, tenías las llaves del coche en la mano, las de casa en la mano, te encargaste de tu madre, del médico, tus hermanos, el certificado, la facultad... ¡Hasta de la cena! Joder, es que dabas miedo...

Yo entonces trabajaba en una oficina donde estaba solo la mitad de la jornada. Fue entonces, al quedarme solo y en silencio tres días más tarde, cuando reventé. Y aún pasó más tiempo cuando uno de esos días de llorar solo en la oficina, casi sin poder hablar, llamé a mi novia para sacar toda la mierda. Se lo debía.

Pero esa es otra historia.

Cuando murió mi padre, le abrí a mi madre otra cuenta en La Caixa y traspasamos todas las domiciliaciones y el dinero, pero un último recibo entró en la de Cajamadrid cuando ya estaba a cero y dejó un descubierto de 90 euros. Así que bajé a la oficina con intención de que fuese la última vez, para pagar esos 90 euros y cerrar la cuenta.

El subdirector seguía allí. Hacía casi tres meses que no le veía. Me puse a hacer cola como la otra vez, esperando a ver cuál de las tres mesas me tocaba. Y me tocó la suya. Con su sonrisa y sus gafas resbalosas se despidió del cliente que estaba atendiendo y dijo:

SUB: ¿Siguien...?

Me quité las gafas de sol, me reconoció al momento y no terminó, se le borró la sonrisa. Se quedó un instante congelado, lo suficiente para que su compañera notase algo, se girase, siguiese su mirada hasta mí y también me reconociese. Yo estaba completamente tieso, tan derecho como podía y mirándole directamente a los ojos. Estaba deseando patearle la cabeza. Se humedeció los labios, se subió las gafas, se le resbalaron hasta la punta y con voz suave dijo:

SUB: Eeeh... ¿Sí? ¿Puedo... ayudarle en algo?

Levanté un poco la barbilla y, elevando la voz, respondí despacio:

TO: No.

Hice una pausa para que todos tuviesen tiempo de volverse a ver qué ocurría y añadí lentamente:

TO: Tú ya no puedes ayudarme en nada.

Y me quedé inmóvil, clavándole la mirada pero viendo que nos estaban mirando todos alrededor. Tardó un par de segundo en reaccionar, inclinándose a un lado para dirigirse a quien esperaba detrás de mí:

SUB: Sí... Eeeh... Si quiere... Por favor...

El de detrás pasó mirándome de reojo. Yo seguí esperando a la siguiente mesa con la mirada clavada en SUB, disfrutando cada segundo, cada vistazo furtivo que me echaba, cada gesto de nerviosismo, cada vez que se humedecía los labios o se subía las gafas.

Cuando quedó libre otra mesa me senté y dije a lo que venía, a pagar un descubierto y cancelar una cuenta:

TO: De un cliente -girándome hacia SUB- que ha fallecido, mi padre.

Nuevo vistazo furtivo. Vuelta a subirse las gafas, a humedecerse los labios... La empleada teclea algo y lee la pantalla. Me mira. Mira la pantalla. Vuelve a mirarme. Sonríe, se disculpa, se levanta y entra al despacho del director de la sucursal. Yo supongo que será por el descubierto, que requerirá algún trámite o yo qué sé.

Unos segundos después salen ambos. El director viene poniéndose la chaqueta y visiblemente nervioso. Se sienta él mismo, el director, en la mesa de su subordinada a atenderme:

DIRECTOR (DIR): Sí, buenos días, dígame, ¿en qué podemos atenderle?

TO: Eh... Bueno, como le había dicho a su...

DIR: Antes que nada, si me lo permite, querría expresarle mis condolencias por el fallecimiento de su padre, lamento su pérdida.

TO: Ah... Gracias, muy amable. Como le decía, venía a cancelar una cuenta, la del fallecido, concretamente.

DIR: Sí, sí, claro, veo aquí que ya... Que esto ya... Ya está hecho, no tiene que preocuparse por nada. Ya está...

TO: ¿Perdón?

DIR: Que ya está todo solucionado, no tiene usted que hacer nada.

TO: No puede ser, hay un descubierto de 90 euros. Vamos, incluso me llegó la nota a casa de...

DIR: Eh, sí, sí, bueno, sí... Había un descubierto... Una deuda, sí... Pero, vamos, que ya está... Que esto ya está arreglado... No tiene usted que hacer nada porque ya...

TO: ¿Cómo que...? ¿Es que lo ha pagado mi madre o...?

DIR: ¡Oh, no, no! Para nada... Quiero decir que la cuenta ya la cerramos nosotros y está... Vamos que... Todo arreglado.

TO: Pero... No entiendo. ¿Cómo van a cerrar una cuenta con un descubierto?

DIR: Sí, bueno... Verá... Es que... -se inclina hacia delante y baja la voz- Se trata de... Bueno, hemos recibido instrucciones de... Ejem... De Atención al Cliente, tras una carta de reclamación que escribió usted y... Bueno, no tiene usted que preocuparse por el descubierto, está todo arreglado y esta cuenta queda cancelada inmediatamente. No tiene usted que tomarse ninguna molestia.

Ahora soy yo el que se queda helado. Reacciono y miro a SUB en la mesa de al lado. Ya no está atendiendo a nadie, está haciendo como que escribe pero me mira de reojo. El DIR también le mira y SUB clava la mirada en el papel disimulando.

TO: ¿Cajamadrid me perdona una deuda de 90 euros?

DIR: Eh... Sí, sí. Está saldada. No hay ninguna deuda.

TO: ¿Y esto viene por la reclamación que hice a Atención al Cliente?

DIR: Ejem... Eeh... Bueno, sí, nos han dicho que... Bueno, eso.

TO: Oh... Vaya... Si lo sé dejo que pasen algún recibo más.

El DIR se ríe nerviosamente. Me levanto y me estrecha la mano. Mientras guardo el certificado y me pongo la chaqueta, el director no deja de expresarme sus condolencias, disculpas, agradecimientos por estos años y tal y cual. Yo no aparto la vista de SUB. SUB no levanta la vista del papel.

Salí de allí pensando: "Joder, he hecho que un banco me perdone una deuda. ¡Soy un dios!"

Poco después tuve que volver para pagar no recuerdo qué, un curso o algo que sólo se podía por Cajamadrid. SUB no estaba en su mesa. No estaba ni la placa con su nombre.



EPÍLOGO

http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Puerta_de_Europa_%28Caja_Madrid%29.005_-_Madrid.JPGMi hermano dice que me ha quedado un final flojo y anticlimático, que aquí hay dos historias, que debería recortar la parte personal y darle más fuerza a los momentos previos a la escena final. Como siempre al hablar de narrativa, tiene razón en todo. Pero así fue como ocurrió, casi literalmente. Y a estas alturas, la verdad, no me apetece ni me sale disfrazar la historia para divertiros.

Al final, el día que vencí a Cajamadrid fue el día que Cajamadrid echó 90 euros sobre el féretro de mi padre y me dio dos palmaditas y un calendario mientras seguía preparando la gran estafa que ahora conocemos. El día que vencí a Cajamadrid sólo humillé al penúltimo mono de la cadena.

6 de diciembre de 2014

Los méritos

Isabel es obrera y pobre. Su padre siempre fue obrero y pobre. Su familia era obrera y pobre. Y ha vivido siempre en un barrio obrero y pobre.

Cuando la pobreza es innata, continua, consustancial y omnipresente, el drama es menos. Es como nacer sordo; no sufres por quedarte sordo porque ni siquiera sabes qué es oír. El drama es perder, pero cuando naces y vives en la derrota no has perdido nada porque nunca lo has tenido. Cuando naces pobre, vives pobre, todo alrededor es pobre y sabes, incluso sin ser consciente de ello, que vas a ser pobre toda tu vida, la pobreza es menos drama; es, simplemente, la vida.

Y como en casa de Isabel la pobreza no era una circunstancia sino la vida, su madre nunca le ocultó los apuros económicos, habría sido un sinsentido como ocultarle que el sol sale por las mañanas. Desde pequeña hacían la compra juntas y enseguida aprendió que Manolo vendía la ternera más barata pero el pollo mejor donde Rosi, aunque hubiese que recorrer un kilómetro andando, que en DIA la leche pero los yogures en Ahorramás, que aquí la fruta pero allí la verdura. Sabía cuánto costaban sus libros de texto, su chándal y su mochila. Sabía que sus gafas supusieron automáticamente más arroz y menos pescado, más "Carrusel Deportivo" y menos dominó en el bar. Sabía que el verdadero miedo era una avería del frigorífico o la lavadora. Y siempre supo cuánto dinero entraba en casa, cuánto ganaba su padre y cuánto dejó de ganar cuando se jubiló.

Por eso sólo hizo la EGB y enseguida se puso a trabajar. Sin dramas; no renunció a su sueño de estudiar biología o piano porque nunca lo tuvo. En este barrio no se sueñan tonterías y siempre estuvo claro que había que ayudar en casa. Si luego te queda tiempo libre y quieres estudiar, tú misma, pero el puchero no espera.

Trabajos de obrero pobre: camarera, costurera, limpiadora, niñera, dependienta... Lo que saliese. Nunca faltó para comer pero a veces sí para la calefacción o para la luz. Nunca fueron quince días a la playa pero a veces podían irse a pasar el día al Cerro de los Ángeles o en la Casa de Campo. Pero lo primero fue siempre completar la pensión de papá.

Por esa conciencia de que la vida dependía de la pensión de su padre, Isabel siempre tuvo muy claro que tenía que ir preparando la suya, así que lo primordial, pasase lo que pasase, era conservar el trabajo legal, el del contrato: el que cotizaba. Renunciar a cualquier otro era un problema, era no llegar a fin de mes, pero se renunciaba a lo que fuese salvo a cotizar, a meter en la hucha. Aunque tuviese un horario infernal de tres horas por la mañana y tres a última hora, o un ambiente difícil, o un jefe cabrón, o estuviese lejos... Siempre asegúrate de cotizar.

A los 18 se enamoró de un chico del barrio, divertido y alegre, sociable y con amigos, otro hijo de familia obrera y pobre. Un año después ya estaban casados y eran padres de una niña. Poco a poco, él tuvo cada vez menos trabajos y más trapicheos... Alguna detención... Alguna noche que llegaba borracho... O que no llegaba... Alguna papelina... Algunas temporadas mejor... Algunas recaídas...

Tuvieron otra hija y poco después él entró en prisión para una condena de varios años. Le dejó pendiente el crédito de un coche que ya había perecido en un siniestro total, así que durante años estuvo quitándose de donde no tenía para pagar una deuda de él por algo que ella ni siquiera pudo disfrutar. Total, tampoco habría podido pagarse el carné de conducir...

Isabel crió a sus hijas con la ayuda de sus padres, siempre con varios trabajos y siempre con al menos uno legal. Siempre con apuros. Cuando él salió de la cárcel se divorciaron. Aún así siguió apareciendo por su puerta pidiéndole dinero de vez en cuando. Si podía le daba algo. Hace años que no le ve.

Su hija mayor tiene casi 30 años. Se casó con un tarambana y tienen dos hijos. La ve de pascuas a ramos, generalmente cuando ella le pide dinero. La pequeña está "ajuntada" con un gitano, viven en algún poblado, caravana o algo así, no sabe dónde. Isabel no tuvo tiempo ni habilidad para enseñarles lo que había aprendido y los abuelos ya no tuvieron fuerzas.

Isabel va para los 50. Sigue trabajando. Su contrato legal, el importante, es con una empresa subcontratada por la Comunidad de Madrid. Trabaja limpiando centros de mayores. Estaba contenta porque era un sueldo con el que podía llegar a fin de mes, por lo que el resto de trabajos le permitían ir ahorrando e incluso dándose algunos lujos: pintar la casa, poner la vitrocerámica, un DVD...

Cada cierto tiempo la subcontrata cambia a otra empresa y esta subroga a los empleados. En el último contrato le han bajado el sueldo y ya no le da para llegar a fin de mes. Aún así, consigue completar con el resto de trabajos en negro.

Hace años se cayó de una escalera y desde entonces sufre dolores de espalda. Se los aguanta mientras puede, tiene miedo de que la despidan. De tantos años de escoba y fregona tiene un brazo deformado que le provoca dolores musculares; lleva unas bandas correctoras que le permiten seguir fregando pero cada cierto tiempo le hacen infiltraciones en el hospital.

Se levanta cada día a las 6:00 desde hace años. Limpia una casa, plancha en otra, va al trabajo legal, hace recados para un anciano con Alzheimer, friega una escalera, limpia en otro centro de mayores, saca al perro de un vecino, vuelve donde el anciano... Nunca termina de trabajar antes de las diez, suponiendo que en su trabajo legal no le pongan un turno de noche. Los trabajos en negro son generalmente para gente mayor que, por supuesto, no podrían hacerle un contrato legal, pagando Seguridad Social, IVA, etc. Al final, sigue dependiendo de la pensión de otros mayores, mientras lucha con uñas y dientes por ir construyendo la suya.

Una de esas ancianas le hace las veces de hucha. Isabel no quiere tener el bote con ahorros en su casa porque sabe que cualquier día aparece una de sus hijas pidiéndole dinero, y sabe que se lo daría. Prefiere no tenerlo a mano. Así que cada mes le da a esa anciana-banquera 50 ó 100 euros para que se los guarde. De vez en cuando va a este "cajero automático" a sacar algo para pagar la luz, hacer la compra o para darse algún capricho. El de estas Navidades va a ser una tele nueva, 32 pulgadas, 400 euros. Está ilusionadísima.

Creo recordar que algún año ha tenido vacaciones. Viajes baratos organizados por asociaciones de vecinos, la Comunidad de Madrid, amigos que le invitan... Cosas así. No recuerdo un sólo día que no la haya visto sonriendo.

Si la espalda o el brazo no lo impiden, ese va a ser el resto de su vida.

Isabel no es un caso extremo. No se sale de la estadística. Podría contar media docena de casos así de primera mano. De referencias, muchos más. Y mucho peores. Y sólo en mi barrio.

Por cierto, hace un mes el Gobierno entregó la Medalla al Mérito en el Trabajo a Esther Koplowitz, la primera accionista de FCC, marquesa de Casa Peñalver y 17ª persona más rica de España, según la revista Forbes.

http://www.eldiario.es/economia/Esther-Koplowitz-Medalla-Merito-Trabajo_0_320918799.html


Aquí, algunos de sus muchos "méritos":
26 de mayo de 2009 - CGT denuncia que FCC, contrata del Ayuntamiento para el mantenimiento de parques y jardines de Valencia, infringe la legislación laboral

5 de octubre de 2011 - CNT denuncia que FCC sólo ha pagado la mitad de las nóminas

8 de abril de 2013 -  CCOO denuncia el ERE de FCC Construcción que afecta a más de 1.000 trabajadores del país, y principalmente de Andalucía y Málaga

14 de marzo de 2014 -  CCOO denuncia a FCC por el "estado deplorable" de las instalaciones

28 de abril de 2014 - CCOO denuncia la persecución sindical de la dirección de FCC Badajoz en el Ecoparque

24 de mayo de 2014 - FCC Parques y Jardines; HUELGA GANADA

24 de junio de 2014 - UGT denuncia "la persecución laboral de la empresa FCC" a trabajadores de la limpieza viaria de Valverde

22 de octubre de 2014 - FSP-UGT denuncia a la empresa FCC-Urbaser

Desde la concesión de la medalla:
14 de noviembre de 2014 - Las pérdidas de FCC aumentan en un 16,8% por el saneamiento de los activos

19 de noviembre de 2014 - Retrasos en la recogida de basura por el mal estado de la mitad de camiones. El Ayuntamiento culpa a FCC, la antigua concesionaria, de las “deficiencias” del servicio

27 de noviembre de 2014 - FCC, la constructora española que rescató Slim

27 de noviembre de 2014 - Slim logra el 25,6% de FCC por 650 millones y Koplowitz tendrá el 22%

Pero el "mérito" de Koplowitz que más me gusta es este:
28 de noviembre de 2014 - FCC admite una deuda con Hacienda y la Seguridad Social de 298 millones

Según el Real Decreto que la regula:
la Medalla al Mérito en el Trabajo es una condecoración nacional civil que se concede en mérito de una conducta socialmente útil y ejemplar en el desempeño de los deberes que impone el ejercicio de cualquier trabajo, profesión o servicio, habitualmente ejercido; por la persona concesionaria, o en reconocimiento compensación de daños y sufrimientos padecidos en el leal cumplimiento de ese mismo deber profesional.

A mí se me ocurren muchas isabeles merecedoras de ella.