9 de diciembre de 2014

El día que vencí a Cajamadrid (y 2)

(Para entenderlo bien es imprescindible empezar por el principio de los tiempos)



Llego a casa. Antes de abrir la puerta resoplo un par de veces intentando disimular la rabia, no quiero que mi padre note nada.

Mi madre está cosiendo. Él en la cama. El cáncer creciendo. Me pregunta qué tal en el banco y le miento, que bien, sin problemas, que lo he firmado y en un par de días estará la nueva tarjeta. Me tumbo a su lado y comentamos las chorradas de televisión. Un rato después el cáncer aprieta y le duele el estómago, así que le doy media pastilla de morfina y espero hasta que se duerme. El efecto es casi inmediato.

Me quedo mirándole, dando las gracias a la morfina por quitarle el dolor y maldiciéndola por las horas que me roba de estar charlando con él. Le recuerdo en mil situaciones: en su oficina, paseando con los perros, arrancando la moto, hablando en una asamblea del partido, contándome anécdotas de la guerra, tocando el piano...

Recuerdo una vez más el respeto casi reverencial con el que siempre vi cómo le trataban compañeros de trabajo, del partido, amigos de la infancia, familiares, vecinos... Le veo ahora dormido como sólo la morfina hace dormir, que parece que ya estás muerto, completamente inmóvil durante horas. Y quiero matar a SUB.

Me siento al ordenador y busco el Servicio de Atención al Cliente de Cajamadrid. Redacto una carta contando todo lo ocurrido en la oficina, la primera visita, la segunda y la tercera. Después borro la mitad y vuelvo a redactarla sin insultos. Después hago una tercera versión eliminando la rabia. Y una cuarta dejando los mínimos adjetivos imprescindibles. No quiero que nadie pueda echarme en cara estar pagando con el Subdirector el dolor por la cercana muerte de mi padre, quiero que se centre sólo en la pésima organización de la oficina, las consecuencias para los clientes y la falta de profesionalidad para enmendar el error. Quiero que sea incontestable porque quiero dejarle sin trabajo, al menos sin posibilidad de ascenso.

Quince días después llega la respuesta por correo. No guardo la carta original pero no olvidaré jamás los puntos esenciales de su "disculpa": "Lamentamos muy sinceramente el duro momento por el que está pasando", bla, bla, bla... "Cajamadrid se esfuerza continuamente en mejorar sus procedimientos para que el servicio sea más eficiente", bla, bla, bla... Y aquí viene lo mejor. Cito de memoria, las palabras y las frases no son textuales pero la esencia es la misma. Y la metáfora juro que es exacta:
Sin embargo y a pesar de todos estos esfuerzos, es inevitable que de vez en cuando se produzcan, por así llamarlos, accidentes. Es imposible abarcar todos los supuestos y situaciones que pueden darse. Por poner una comparación, es como las medidas que adopta la DGT y los accidentes.

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Blesa, entonces presidente de Cajamadrid, Namibia 2007
Las autoridades se esfuerzan en desarrollar medidas de prevención, normativas y leyes que hagan la circulación cada vez más fluida y segura para el ciudadano: seguridad en los vehículos, límites de velocidad, señalización... Sin embargo, a pesar del indiscutible beneficio general que ello supone, siguen ocurriendo accidentes como los atropellos. Las medidas deben mejorarse continuamente para que el número sea cada vez menor, luchando porque algún día sea cero, pero hasta entonces resulta inevitable que sigan ocurriendo.

En este caso, a pesar del innegable beneficio que las normas de Cajamadrid suponen para los clientes, aún se producen accidentes como el de su padre. Por supuesto, en Cajamadrid lamentamos lo ocurrido y continuaremos en nuestra búsqueda de medidas que garanticen que...
Bla, bla, bla.

Habían pasado, ya digo, quince días. Mi padre ya casi no se levantaba de la cama. Ya no comía nada sólido, solamente aquella especie de batido soluble cuyo nombre no recuerdo y prefiero no preguntarle a mi madre. El batido y el omeprazol. Y la morfina.

El médico que venía a casa fue muy amable y muy claro: "Un sobre en cada comida. Y morfina siempre que tenga dolores. Tened en cuenta que no va a haber mejoría, así que si no le apetece más que medio batido no le obliguéis, porque no se trata de que se recupere. No se va a recuperar. Y al menor dolor, morfina. No os preocupéis por las recetas porque tendréis toda la que necesitéis, lo principal es que pase lo que le queda lo mejor posible."

Mi madre no lo asimilaba. Al poco tiempo a mi padre no le apetecía nada el batido e incluso la mitad le provocaba arcadas. Siempre había en la mesilla un vaso con batido y una bolsa para los vómitos. Pero ella insistía con que "Así nunca te vas a encontrar mejor". Yo intentaba explicarle que ni así ni nunca, que nunca iba a estar mejor, que lo único importante es que hiciese lo que le apeteciese. Como si quería volver a fumar.

Yo soy muy de calentones y el de la tarjeta ya se me había enfriado, había muchas otras cosas por qué preocuparme. Mi madre seguía sacando dinero con la cartilla y a mi padre le mentimos para tranquilizar ese ridículo miedo suyo a los trámites burocráticos con bancos y administraciones. Y la verdad, sólo ver el remite de Servicio de Atención al Cliente y la firma a mano del responsable casi me había reconciliado con ellos, como si todo hubiese sido culpa de un único imbécil, SUB. Fue lo de "accidente" lo que me encendió otra vez.

Mi respuesta aproximadamente fue:
Estimados señores:

Gracias por su respuesta, gracias por hacerla tan claramente personalizada, por el tiempo dedicado y gracias por su apoyo. Sin embargo, debo hacerles notar un error en la metáfora del "accidente".

Mi padre cumplió con sus normas de seguridad y acudió personalmente a su oficina para demostrar que era él quien solicitaba la tarjeta y no alguien que intentaba aprovecharse. Y no pudo porque el encargado de atenderle estaba desayunando y estaba ilocalizable, siempre según ustedes. Esa sí sería una metáfora acertada del "accidente".

Lo de después ya no. Lo de que el causante del accidente se negase a subsanarlo o siquiera a compensarlo ya no es un "accidente" sino... ¿Cómo llamarlo? Por abundar en el ejemplo, vendría a ser denegación de auxilio. Que me dijese a la cara que los empleados de Cajamadrid no van nunca a ver a los clientes sería falsedad documental. Y que no hiciese una excepción -que tampoco sería tal- ni siquiera en el caso de un cliente ejemplar, con 30 años de antigüedad y con un cáncer terminal... La verdad, no sé con qué término jurídico compararlo, sólo me salen expresiones barriobajeras que prefiero omitir.

Así puestos, la metáfora acertada del accidente de circulación no sería la del atropello sin más. Más bien lo que ocurrió es que su empleado decidió saltarse un stop y atropelló a un anciano que cruzaba correctamente por un paso de peatones perfectamente señalizado. Después frenó en seco, dio marcha atrás y volvió a pasarle por encima. Y finalmente huyó haciendo ruedas y atropellándole por tercera vez. Eso sí se parece más a lo ocurrido. Lo sé porque yo era el testigo presencial.

Así que, por favor y agradeciéndole nuevamente el tiempo dedicado, dígame sólo si esta es la respuesta definitiva de Cajamadrid. Dígame que Cajamadrid considera que lo ocurrido en su oficina y la actitud de su empleado es, simplemente, un "accidente", un imprevisto inevitable y que así debo entenderlo.

Dígamelo para asegurarme de que esta respuesta no es fruto de una redacción apresurada por parte de un becario sin experiencia. Dígamelo para que pueda fotocopiarla 300 veces y pegarla en todos los portales alrededor de su oficina, para distribuirla por todos los comercios de la zona, para enviarla a todos mis familiares y amigos, a los vecinos a los que mi padre convenció del buen trato que siempre le dispensaron en Cajamadrid hasta el día del "accidente", y para que pueda enviársela a todos los medios de comunicación de cobertura nacional.

Y dígamelo pronto, que mi padre se muere.

En espera de sus confirmación:

Nunca respondieron.

Mi padre murió un mes después. Cuando volví de trabajar por la tarde charlamos un poco, le dije que iba con mi novia a comprar la mesa del televisor de la que habíamos hablado, una de esas de Ikea con compartimentos para el DVD, la consola... Le empezó a doler un poco y le di media pastilla de morfina, sabiendo que eso suponía dormir hasta el día siguiente. Cada vez teníamos menos tiempo de conciencia. Estaba en lo más profundo del laberinto de Ikea cuando me llamó mi madre.

Sólo con oírla decir mi nombre supe lo que pasaba. Sólo con mirarme, mi chica supo lo que pasaba. Cuando dos segundos después dijo "Papá se muere" ya había cogido a mi chica de la mano y corría empujando a la gente camino de la salida. Recuerdo un dependiente que intentó impedirme pasar por una zona de empleados que yo sabía que era un atajo, y recuerdo que le empujé con un grito de "¡Mi padre se muere!" Recuerdo circular por la M-40 a casi 140, con las emergencias, dando ráfagas y pitando. Del Ikea de Alcorcón a Villaverde en menos de diez minutos. Recuerdo parar en medio de la calle y bajar casi en marcha diciéndole a mi chica "Aparca tú". Qué aguante, qué entereza tuvo aquellos días y qué poco se lo he agradecido...

Mi madre estaba sentada al lado de la cama, como estuvo siempre durante aquellos tres meses desde que supimos lo del cáncer. Le acariciaba la frente llorando. Ya no respiraba. Le busqué el pulso en la muñeca y la carótida sin que ella lo notase. Había muerto. Abracé a mi madre:

TELEOPERADOR (TO): Mamá... Mamá, mírame... Esto es lo que siempre quiso, morir en casa, durmiendo plácidamente y rodeado de su familia. Contigo al lado. Ha tenido todo lo que deseaba. Y tú has estado hasta el final. Hasta el último minuto. Mamá... Despídete tranquilamente, respira hondo, dale un beso... y sal. Yo me encargo del resto.

Sonrío al recordar ahora que mi madre aún se empeñó en cambiarle la ropa interior y peinarle, que nadie le viese sin asear. Después la saqué suavemente del dormitorio, la dejé con mi novia y me quedé a solas con él. Y me despedí. Y esa parte se queda para mí.

Desde pequeño sabía que mi padre quería donar su cuerpo a la ciencia, a la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Y yo era el encargado del trámite, el que tenía su tarjeta de donante. Llamé al médico para que viniese a certificar la defunción, llamé a mis hermanos y bajé a comprar el certificado. El médico llegó enseguida; mientras rellenaba el certificado llamé a la Autónoma y unos minutos después llegó la ambulancia para recoger el cadáver. Lo metieron en una bolsa y lo sentaron en una silla de ruedas para bajarlo. Mi padre sufría de las cervicales y recuerdo que, al sentarlo, la cabeza cayó para atrás bruscamente y estuve a punto de decir "¡Cuidado con el cuello!" Qué tontería...

Me aseguré de que mi madre no viese la salida del cadáver y ella insistió en que siguiese en coche a la ambulancia hasta la facultad, que comprobase que terminaba donde él quería. Por supuesto, la ambulancia iba más rápido que yo, con las sirenas puestas, porque tenían que meter el cuerpo en la cámara frigorífica lo antes posible. Así que la última imagen que tengo de mi padre es una ambulancia que se me escapa entre el tráfico de Madrid.

Quiero creer que llegué a tiempo de verle exhalar levemente por última vez. Pero sé que llegué tarde. Quiero creerlo porque no soporto la idea de que mi padre murió mientras yo compraba una puta mesa barata en Ikea.

Recuerdo que aquel día mi novia me miraba como a un extraño. No con compasión, tristeza o cariño. Me miraba como... con miedo. Y no fue hasta mucho tiempo después que me lo explicó: no lloré ni un momento. Más aún, no parecí triste, ni deprimido, ni perdido, ni nervioso... Según ella, estuve... profesional. Frío. Metódico.

- Es que no vacilaste un momento desde la llamada. Fuiste directo a la salida más cercana, tenías las llaves del coche en la mano, las de casa en la mano, te encargaste de tu madre, del médico, tus hermanos, el certificado, la facultad... ¡Hasta de la cena! Joder, es que dabas miedo...

Yo entonces trabajaba en una oficina donde estaba solo la mitad de la jornada. Fue entonces, al quedarme solo y en silencio tres días más tarde, cuando reventé. Y aún pasó más tiempo cuando uno de esos días de llorar solo en la oficina, casi sin poder hablar, llamé a mi novia para sacar toda la mierda. Se lo debía.

Pero esa es otra historia.

Cuando murió mi padre, le abrí a mi madre otra cuenta en La Caixa y traspasamos todas las domiciliaciones y el dinero, pero un último recibo entró en la de Cajamadrid cuando ya estaba a cero y dejó un descubierto de 90 euros. Así que bajé a la oficina con intención de que fuese la última vez, para pagar esos 90 euros y cerrar la cuenta.

El subdirector seguía allí. Hacía casi tres meses que no le veía. Me puse a hacer cola como la otra vez, esperando a ver cuál de las tres mesas me tocaba. Y me tocó la suya. Con su sonrisa y sus gafas resbalosas se despidió del cliente que estaba atendiendo y dijo:

SUB: ¿Siguien...?

Me quité las gafas de sol, me reconoció al momento y no terminó, se le borró la sonrisa. Se quedó un instante congelado, lo suficiente para que su compañera notase algo, se girase, siguiese su mirada hasta mí y también me reconociese. Yo estaba completamente tieso, tan derecho como podía y mirándole directamente a los ojos. Estaba deseando patearle la cabeza. Se humedeció los labios, se subió las gafas, se le resbalaron hasta la punta y con voz suave dijo:

SUB: Eeeh... ¿Sí? ¿Puedo... ayudarle en algo?

Levanté un poco la barbilla y, elevando la voz, respondí despacio:

TO: No.

Hice una pausa para que todos tuviesen tiempo de volverse a ver qué ocurría y añadí lentamente:

TO: Tú ya no puedes ayudarme en nada.

Y me quedé inmóvil, clavándole la mirada pero viendo que nos estaban mirando todos alrededor. Tardó un par de segundo en reaccionar, inclinándose a un lado para dirigirse a quien esperaba detrás de mí:

SUB: Sí... Eeeh... Si quiere... Por favor...

El de detrás pasó mirándome de reojo. Yo seguí esperando a la siguiente mesa con la mirada clavada en SUB, disfrutando cada segundo, cada vistazo furtivo que me echaba, cada gesto de nerviosismo, cada vez que se humedecía los labios o se subía las gafas.

Cuando quedó libre otra mesa me senté y dije a lo que venía, a pagar un descubierto y cancelar una cuenta:

TO: De un cliente -girándome hacia SUB- que ha fallecido, mi padre.

Nuevo vistazo furtivo. Vuelta a subirse las gafas, a humedecerse los labios... La empleada teclea algo y lee la pantalla. Me mira. Mira la pantalla. Vuelve a mirarme. Sonríe, se disculpa, se levanta y entra al despacho del director de la sucursal. Yo supongo que será por el descubierto, que requerirá algún trámite o yo qué sé.

Unos segundos después salen ambos. El director viene poniéndose la chaqueta y visiblemente nervioso. Se sienta él mismo, el director, en la mesa de su subordinada a atenderme:

DIRECTOR (DIR): Sí, buenos días, dígame, ¿en qué podemos atenderle?

TO: Eh... Bueno, como le había dicho a su...

DIR: Antes que nada, si me lo permite, querría expresarle mis condolencias por el fallecimiento de su padre, lamento su pérdida.

TO: Ah... Gracias, muy amable. Como le decía, venía a cancelar una cuenta, la del fallecido, concretamente.

DIR: Sí, sí, claro, veo aquí que ya... Que esto ya... Ya está hecho, no tiene que preocuparse por nada. Ya está...

TO: ¿Perdón?

DIR: Que ya está todo solucionado, no tiene usted que hacer nada.

TO: No puede ser, hay un descubierto de 90 euros. Vamos, incluso me llegó la nota a casa de...

DIR: Eh, sí, sí, bueno, sí... Había un descubierto... Una deuda, sí... Pero, vamos, que ya está... Que esto ya está arreglado... No tiene usted que hacer nada porque ya...

TO: ¿Cómo que...? ¿Es que lo ha pagado mi madre o...?

DIR: ¡Oh, no, no! Para nada... Quiero decir que la cuenta ya la cerramos nosotros y está... Vamos que... Todo arreglado.

TO: Pero... No entiendo. ¿Cómo van a cerrar una cuenta con un descubierto?

DIR: Sí, bueno... Verá... Es que... -se inclina hacia delante y baja la voz- Se trata de... Bueno, hemos recibido instrucciones de... Ejem... De Atención al Cliente, tras una carta de reclamación que escribió usted y... Bueno, no tiene usted que preocuparse por el descubierto, está todo arreglado y esta cuenta queda cancelada inmediatamente. No tiene usted que tomarse ninguna molestia.

Ahora soy yo el que se queda helado. Reacciono y miro a SUB en la mesa de al lado. Ya no está atendiendo a nadie, está haciendo como que escribe pero me mira de reojo. El DIR también le mira y SUB clava la mirada en el papel disimulando.

TO: ¿Cajamadrid me perdona una deuda de 90 euros?

DIR: Eh... Sí, sí. Está saldada. No hay ninguna deuda.

TO: ¿Y esto viene por la reclamación que hice a Atención al Cliente?

DIR: Ejem... Eeh... Bueno, sí, nos han dicho que... Bueno, eso.

TO: Oh... Vaya... Si lo sé dejo que pasen algún recibo más.

El DIR se ríe nerviosamente. Me levanto y me estrecha la mano. Mientras guardo el certificado y me pongo la chaqueta, el director no deja de expresarme sus condolencias, disculpas, agradecimientos por estos años y tal y cual. Yo no aparto la vista de SUB. SUB no levanta la vista del papel.

Salí de allí pensando: "Joder, he hecho que un banco me perdone una deuda. ¡Soy un dios!"

Poco después tuve que volver para pagar no recuerdo qué, un curso o algo que sólo se podía por Cajamadrid. SUB no estaba en su mesa. No estaba ni la placa con su nombre.



EPÍLOGO

http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Puerta_de_Europa_%28Caja_Madrid%29.005_-_Madrid.JPGMi hermano dice que me ha quedado un final flojo y anticlimático, que aquí hay dos historias, que debería recortar la parte personal y darle más fuerza a los momentos previos a la escena final. Como siempre al hablar de narrativa, tiene razón en todo. Pero así fue como ocurrió, casi literalmente. Y a estas alturas, la verdad, no me apetece ni me sale disfrazar la historia para divertiros.

Al final, el día que vencí a Cajamadrid fue el día que Cajamadrid echó 90 euros sobre el féretro de mi padre y me dio dos palmaditas y un calendario mientras seguía preparando la gran estafa que ahora conocemos. El día que vencí a Cajamadrid sólo humillé al penúltimo mono de la cadena.

25 comentarios:

  1. La espera de dos años ha valido la pena.

    Gracias.

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  2. Impresionante y emotivo !!!

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  3. Iba a decir que le compraras unas flores a tu padre, pero no se donde las pondrías.
    Buena historia, por un momento se me hizo un nudo en la garganta

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  4. Me ha encantado tu relato. muchas gracias.

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  5. Muchas Gracias por tu relato.
    Mucho animo!!!

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  6. Obviamente me he tenido que leer la primera parte que me había perdido y obviamente ando limpiando mocos y secando lágrimas.
    Una historia de calor humano, de cercanía, de amor, de respeto.. que de verdad, me da muchísima envidia. Yo quiero que mis hijos hagan lo mismo, punto por punto, si en algún momento me veo en una situación parecida (espero que dentro de varias decenas de años.. por lo menos).
    Y la otra, una historia de desprecio al cliente.. lo habitual, lo que han estado haciendo durante años.
    Pero ya ves.. no sé quién dijo que "el miedo cambia de bando" ¿te imaginas que pudiera llegar a ser verdad?
    En tu caso lo fue, saboréalo.
    Y en mi modesta opinión, no hagas mucho caso a tu hermano que lo dice desde el cariño pero...¡Joder, que corto sale de esta historia!
    A sus pies!!

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  7. Me has hecho llorar, y eso es difícil. Pareces un gran tipo.

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  8. Gracias por hacerme llorar.
    Por cierto, hace poco he cerrado todas mis cuentas (2, vamos) que tenía de siempre en la banca tradicional, y he abierto en Triodos. En este tipo de banca (hay otros, no solo este), probablemente este tipo de cosas nunca te habrían pasado. Está en nuestra mano acabar con todos los Caja Madrides que manejan nuestro destino....

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    Respuestas
    1. Pues lo siento pero te has metido en una secta. Nada de banca ética:
      http://charlatanes.blogspot.com.es/2012/08/antroposofia-la-secta-y-su-banco.html
      Lo más ético ahora mismo son cajas cooperativas profesionales, como la de Arquitectos o Ingenieros.

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  9. Pues a mi me has hecho llorar (hacia mucho tiempo que no me pasaba). Cuando una historia se escribe sin filtro llega hasta dentro. Es como el primer disco de un grupo de rock: duro, fresco y con sentimiento. Un abrazo.

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  10. La espera ha merecido la pena. El tiempo ha pasado y ahora se ve que los malos estaban más arriba. Y has reposado tus sentimientos.

    Al final Cajamadrid importa una mierda, lo que se trasmite es el amor y orgullo por tu padre. Y eso me ha emocionado. Gracias.

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  11. Dos años esperando la continuación. Enhorabuena por la victoria, y mis condolencias sinceras.

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  12. Yo trabajé un par de años en un banco como asesor personal (y me marché asqueado de ciertas conductas que luego llevaron al tema de las preferentes y los swap). No entiendo por qué en Caja Madrid obligaban a que esa petición se firmara delante del subdirector/director, cuando es algo que en mi banco lo podía hacer cualquier empleado, incluso el mismo cliente por internet. Total, si la tarjeta llegaba desactivada a casa (o mejor aún, a la oficina, y tenía que volver el propietario a buscarla). De hecho el subdirector solo estaba para labores de "atención al cliente", tipo quejas o trato con morosos, nunca para labores administrativas de perfil bajo.

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  13. Tengo una historia "parecida", salvando las distancias, sobre un médico de cabecera casi nos priva de mi madre por su ineptitud al solicitar pruebas. Pero el carácter de mi tía y su insistencia nos permitió tener a nuestra madre unos cuantos años más, hasta que un mieloma se la llevó.

    Ese médico no nos miro nunca más a la cara ni nos atendió a ninguno de nosotros en consulta. Su arrogancia y petulancia casi consigue que mi madre falleciera por desnutrición y deshidratación y no por el cáncer que se había manifestado con las señales que estuvo dando.

    Todos aquellos que hemos tenido un ser querido en situación de impotencia, entendemos esa rabia que te nace por dentro y te pide a gritos que te lleves por delante a todo porque la única cosa que querrías en ese momento, nadie te la puede otorgar.

    Un gran texto. Mi reconocimiento al valor de compartir esos duros y desagradables momentos.

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  14. Muchísimas gracias... Ya en su momento me leí la primera parte y me quedé con gran regomello por no conocer la historia completa... Muchas gracias por contarla entera. También me he emocionado como muchos otros. A sus pies...

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  15. Hola. Has descrito una parte de mi vida. Te agradezco el texto y el tiempo. Tu descripcion de algunas cosas me ha hecho llorar. Aun asi. Gracias

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  16. Gracias por tu magnífico post. Nada que no hayan dicho ya los otros lectores, me has hecho llorar y emocionarme.
    Vaya clase la tuya con la Caja..por un momento pensaba que le ibas a meter la impresa en la cabeza al subdirector.. Además de saber escribir muy bien, tienes mucho temple.

    Un abrazo.

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  17. Estando totalmente de acuerdo con el hermano, el relato apesta a veracidad y a espina desclavada y ahí engancha.
    Tal vez un día, la magia de internet lleve a un ex subdirector de sucursal bancaria, quizás degradado, ojalá en paro, probablemente ascendido, a leer su propia historia. Esa que le reconcome por dentro.
    Enhorabuena a los protagonistas (y allegados) por esa relación paterno filial que me ha hecho comentar en un blog de alguien no conocido por primera vez.

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  18. La enfermedad mental de mi madre progresaba. Había empezado poco después de perder a mi padre. Lo “curioso” es que esa enfermedad mental le vendría muy bien para no enterarse de lo que vino después, el cáncer terminal.
    El caso es que yo entonces me ocupaba de todo lo que tuviese que ver con los bancos, a mi madre ya se le había olvidado hasta firmar, y tenía muchos posibles, así que mis visitas a estos bancos eran frecuentes.
    Un día me llamaron de uno de ellos, no diré cual, que tenía que ir mi madre para firmar no se qué. La sucursal estaba justo debajo de su casa. Les dije que eso era imposible, que me pasasen al director, después de perder un buen tiempo le dije que vale, que como ellos quisieran.
    Así que un día por la mañana aprovechando uno de nuestros mini paseos que dábamos debajo de casa le hice entrar en la sucursal. Mi madre estaba también olvidando el como se anda … andaba a pasitos muy cortos y muy inseguros. A un lado iba yo y al otro la mujer que cuidaba de ella las 24 horas del día. Mi madre iba radiante, sonriendo a todo el mundo y vigilando lo de sus pies que no sabía ya my bien para que servían.
    Solo tuvimos que recorrer media sala, rápidamente salió un empleado (que debía conocer a mi madre de otros tiempos mejores) y me dijo que no hacía falta, que ya se ocupaban ellos, que no hacía falta que firmase nada. Del director ni pío.
    Mi madre falleció, y yo empecé todos los trámites de la herencia. Que difícil es anular las cuentas. Tanto que una de mis padres quedó abierta en esa sucursal.
    Unos años después nos vino un resguardo de la cuanta de mis padres en esa sucursal. Sorpresa, habían sacado 2000 euros en ventanilla. Yo estaba muy quemado con los bancos, así que se hizo cargo mi mujer. Sin líos porfa, le dije. Obviamente nos devolvieron el dinero, nos pidieron disculpas, y de paso nos contaron unas cuantas mentiras.
    Unos pocos meses después cambiaron al director, y unos años después el banco fue absorbido por otro más importante. No me acuerdo de la cara de ese ladrón, igual recaló en subdirector de Caja Madrid …

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  19. Que un empleado de una sucursal no haga lo que tu quieras por normativa de su empresa y de la LEY no te permite insultarlo. No cargues contra este trabajador mediocre el dolor del momento. Si te hubiera pasado con un funcionario, como lo titularías? El día que vencí al gobierno de España? Llora la muerte de tu padre, pero sin ira ni frustración contra nadie.

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  20. Pues sí que merecía la pena. Ya había perdido la esperanza de leer la segunda parte hace mucho tiempo. Gracias por compartirlo con todos.

    Yo sí creo que venciste a Caja Madrid. No al hombrecillo ése, que bastante tiene con ser un mediocre. Por un instante, entre que les amenazaste en la segunda carta con hacer publicidad de sus miserias y te concedieron la gracia de perdonarte los 90€ te tuvieron miedo de verdad.

    Y es triste que tenga que ser así, pero es lo único que entienden y me parece a mí que lo único a lo que realmente podemos aspirar.

    ¿No pensaste en insistir en pagar los 90€? No por negarles la sensación de que con eso quedaba todo en paz, ni por demostrarles que tú sí eres una persona decente, que eso por supuesto ya lo saben (y bien que se aprovechan de ello), si no por restregárselo en la cara, por obligarles a mirarse al espejo. Aunque sea a un director de sucursal que efectivamente es el antepenúltimo mono.

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  21. En primer lugar, reciba mis más sinceras condolencias por el fallecimiento de su padre.

    Secundariamente, un cariñoso reproche: Nos ha hecho esperar, pero al fin conocemos el final de la historia. Enhorabuena por esa pequeña victoria. Como bien ha hecho notar usted mismo, es poco menos que simbólica, pero algo es.

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  22. Muchas gracias por contar la historia..

    Muy emocionante!

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  23. hace 4 años leí la primera parte, mi padre también moría de cáncer y en La Caixa me la intentaron jugar. No lo consiguieron. Por fin hoy leo el desenlace.
    Un abrazo enorme.

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