12 de marzo de 2010

Anillo reductor para cerebros reducidos

Anillo reductor Venca
Anillo reductor. Remedio originario de sabiduria japonesa, ayuda a reducir el volumen de un área específica de tu cuerpo dependiendo de donde te lo pongas.

Ah, bueno, si viene de "la sabiduría japonesa" me callo. Ya saben, el pueblo ese que sigue comiendo pescado crudo y soso con palitos de madera existiendo los tenedores y que se la machaca con espeluznantes perversiones sexuales.

12,49€ cuesta la tontá en el catálogo del Venca. Barato me parece. A cualquiera que se crea esta estupidez hay que sacarle todo lo posible, es la selección natural, los más inteligentes se llevan la pasta de los más crédulos, que deben extinguirse para mejorar la especie.

Me gustaría que me aclarasen -aunque ya lo veo bastante claro- si adelgaza las mismas zonas si te lo pones en la mano derecha.

10 de marzo de 2010

Enrique Dans tiene una bicicleta

Lo dijimos a principios del año pasado: el año 2007 sería el del fin del DRM en la industria musical. Y como si de profecía se tratase, ha sido precisamente en los ultimos días del año cuando se ha anunciado que la última de las cuatro grandes discográficas, Sony BMG, abandona tan infausta y absurda tecnología para intentar luchar contra Apple en la carrera de los nuevos sistemas de distribución de la música, ya no basados en obsoletos pedazos de plástico, sino ni más ni menos que en esas descargas de la red que algunos siguen insistiendo en demonizar. (...)

Adiós, DRM. No te echaremos de menos. A ver ahora lo que tarda en desarrollarse en algunos el sentido común.


los consumidores jamás quisimos DRM. De hecho, nos opusimos a él, porque restringía nuestras posibilidades de utilizar los productos por los que habíamos pagado. Para introducir DRM en los productos, había que incurrir en un gasto adicional: un gasto efectuado para “estropear” el producto, no para mejorarlo.


[el DRM sólo es] una manera estéril de fastidiar a los usuarios y lanzarlos en manos de ofertas más ventajosas.


el DRM fue un mal paso, que perjudicó mucho más de lo que pudo en algún momento llegar a beneficiar, y que empujó a muchos clientes a desdeñar los canales oficiales para optar por otros extraoficiales en los que los productos se podían obtener sin limitaciones de uso.


[El DRM] probablemente es el grupo de tecnologías que más dinero han hecho gastar inútilmente y que más ridículo público han generado a estudios y productores audiovisuales.



Enrique Dans durante la presentación de su libro "Todo va a cambiar", 4 de marzo de 2010

Conceptos relacionados: hipocresía, cinismo, caradura, jeta, morro, desvergüenza, cancamusa, los principios grouchomarxistas y el chiste del mitin comunista, claro, que ahora el Egocentrísimo ya tiene una bici.

(vía Joan Planas)

ACTUALIZACIÓN: Me soplan en los comentarios que el libro ya está escaneado y disponible on-line. Es una nueva victoria de la Red, la sociedad 2.0, la cultura libre y demás sobre la caduca industria editorial y monopolística, así que el Egocentrísimo estará contento, ¿no?

1 de marzo de 2010

El día que vencí a Cajamadrid (1)

Una sucursal de Cajamadrid: una ventanilla, varios clientes haciendo cola y tres mesas atendidas por sendos oficinistas. En una de ellas un cartelito reza "Subdirector". Tras ella, el susodicho, un hombre bajito, gordito, calvo, con bigotito y gafas de pasta en la punta de la nariz. Sentando enfrente, El Teleoperador. El subdirector se sube las gafas. Las gafas se escurren hasta la punta.

TELEOPERADOR (TO): ...En realidad, la tarjeta está a nombre de mi padre pero en el cajero la usan los dos. El problema es que mi padre me pidió que cambiase el número secreto y mi madre no se acordaba.

SUBDIRECTOR (SUB): No me diga más: tecleó el número viejo tres veces y adiós, tarjeta.

TO: Efectivamente, y está la mujer preocupadísima, no entiende muy bien estas máquinas y...

SUB: Bueno, pues dígale que por el dinero no se preocupe, que no se ha descontado nada.

TO: Ya, lo sé, a lo que venía es a recuperar esa tarjeta.

SUB: La tarjeta se anula automáticamente por seguridad, pero podemos solicitar una nueva.

TO: Ah, bien, bien, pues eso entonces.

SUB: Pero tiene que solicitarla el titular de la cuenta, es decir, su padre.

El subdirector se sube las gafas con un dedo.

TO: ...Mi padre...

SUB: Sí, debe hacerlo el propio titular.

Las gafas se escurren hasta la punta de la nariz.

TO: Ya... Y ya que estoy yo aquí, ¿no puedo solicitarla en su nombre? Quiero decir, usted puede comprobar con mi DNI que soy su hijo, que vivo en la misma dirección...

SUB: Ya, pero aún así debe firmarla el titular.

TO: Ya, claro... Bueno, pues déjeme ese formulario, mañana se lo traigo firmado.

SUB: No, tampoco. Debe venir el titular a la sucursal y firmarlo delante de un empleado. Son normas de seguridad.

TO: Ah, vaya...

SUB: Lo siento, sé que es un engorro pero es por proteger a nuestros clientes.

TO: No, si lo entiendo, claro...

El subdirector se sube las gafas. Las gafas se escurren.

SUB: Pero vamos, que basta con que venga cualquier día y firme la solicitud, no hay problema.

Sí, había un problema. Mi padre se estaba muriendo.

Hacía un mes le habían operado para extirparle lo que en las radiografías parecía un pequeño tumor que le provocaba molestias digestivas. Al abrir comprobaron que el "pequeño tumor" se había comido casi todo el estómago, medio intestino, parte del hígado y del páncreas. La metástasis lo había llevado a todas partes, incluso a una vieja fractura en un hombro que ahora entendíamos por qué había vuelto a dolerle. El cirujano estimó que le quedaban entre tres y nueve meses de vida.

Entre la recuperación de la cirugía y lo poco que le dejaban comer los tumores, nunca tenía muchas fuerzas. Pasaba la mayor parte del día en la cama, durmiendo o viendo la tele, y algún rato en la mesa hasta que le empezaba el mareo de estar tanto tiempo derecho. Los momentos de lucidez y conversación fueron durando cada vez menos y espaciándose cada vez más. Pero a veces los había tan buenos que incluso se veía con fuerzas para bajar a la calle y dar un breve paseo. Uno de esos días fue poco después de mi visita al banco:

PAPÁ: Venga, vamos a echar la firma esa y nos quitamos el problema de en medio.

El "problema" no era recuperar la tarjeta. El "problema" para mi padre era dejar un hilo burocrático sin arreglar. Y que quisiese dedicar uno de los pocos días buenos que le quedaban, sabiendo que se moría, a perderlo en un banco para recuperar una tarjeta que ya nunca tendría ocasión de usar, es algo que sólo comprendíamos su familia. Los cojones, honradez y capacidad de liderazgo que demostró mi padre toda su vida darían para escribir una novela que no se creería nadie, pero ante un problema administrativo se giñaba patas abajo.

Supongo que vendría de los años de represión franquista, cuando la falta de un sello en un papel o un carné caducado podían llevarte de vuelta a los calabozos y más si aparecía tu pasado de combatiente republicano y ex-presidiario. El caso es que nunca se atrevió ni a hacer la declaración de la renta él solo por miedo a meter la pata, sólo se fiaba si se la hacía algún “experto”. Por eso entendimos que quisiese aprovechar uno de sus últimos días de vida en aquella idiotez.

Entramos en la sucursal de Cajamadrid, apenas a dos manzanas de casa, él agarrado a mi brazo, con su bastón, la gorra y su caminar a pasitos, y yo preocupado por que no tuviésemos que esperar demasiado, por que no le empezase el mareo allí, por que no se acabase el buen momento de repente. La mesa del subdirector estaba vacía, pregunté en la de al lado y me dijo Antonia -llamémosla así- que Sub no estaba:

ANTONIA: Pero yo les puedo atender, siéntense.

TO: Venimos a solicitar una copia de la tarjeta de mi padre, que se anuló en el cajero por un error en el PIN. Hace unos días me dijo el subdirector que tenía que venir mi padre a pedirla y aquí está.

ANTONIA: Ah, sí, en realidad quien debe autorizar esa solicitud es el director de la sucursal. Lo hace el subdirector porque el director está de vacaciones.

TO: Como sea, si podemos firmarla ahora, por favor...

ANTONIA: El problema es que el subdirector ahora mismo está desayunando.

TO: Ah, vaya... Bueno, da igual, mi padre la firma y usted se la da cuando venga.

ANTONIA: Me gustaría, pero la directiva de seguridad de Cajamadrid especifica que el cliente debe firmar la solicitud delante de quien la autoriza, que es el director o el subdirector.

TO: No joda...

ANTONIA: Me temo que sí.

TO: ¿Y va a tardar mucho el subdirector en volver?

ANTONIA: Pues no creo, está desayunando. Si le pueden esperar...

TO: No, no podemos.

Para esperar estaba yo. Sabía que el buen estado de mi padre no duraría mucho más de media hora, y para volver había que subir los dos pisos de mi casa sin ascensor. Había que racionar las fuerzas.

TO: ¿No podría ir a buscarle alguien? Tenemos un poco de prisa...

ANTONIA: Eeeeh... Es que no sé dónde está.

TO: O llamarle por teléfono y decirle que le estamos esperando.

ANTONIA: Es que no tenemos su teléfono.

Claro, y yo me lo creo. Me creo que ahora mismo entra un cliente gordo a pedir un préstamo gordo y le decís que espere a que vuelva el gordo, "que está en su retiro espiritual de desayuno en Xanadú subiéndose las gafas escurrientes y no se le puede molestar", claro que sí. Resoplo y me acerco a la mesa, hablando bajo para que no me oiga nadie más.

TO: Está bien, Antonia, no quería contar esto porque no es asunto del banco, pero ya que no me dejan más remedio... Mi padre está muy enfermo, ¿vale?, mucho. Hoy, sorprendentemente, se encuentra un poco mejor, pero habitualmente no puede estar más de diez minutos de pie. ¿Entiende lo que quiero decirle?

Antonia me mira extrañada por la marcada intención en la pregunta. Después mira a mi padre. Después comprende.

ANTONIA: Ah... Ya... Entiendo.

TO: Bien. Lo más probable es que mañana no tenga fuerzas para levantarse de la cama y mucho menos para venir aquí otra vez. Ya que hoy ha venido, según exige la normativa de seguridad de Cajamadrid...

ANTONIA: Directiva. Directiva de seguridad.

Con seguridad te empalaría ahora mismo.

TO: La directiva, claro... Ya que puede usted comprobar su voluntad de pedir una tarjeta, que está en pleno uso de sus facultades mentales, que yo soy su hijo, que él me autoriza a operar en su nombre, por favor, hable usted con el subdirector para que mañana me dejen a mí firmar la solicitud.

ANTONIA: Sí, sí, no se preocupe, yo hablo con el subdirector. Mañana viene usted solo y yo le explico el caso, que estuvieron aquí los dos... Ningún problema, yo me encargo.

Efectivamente, al día siguiente mi padre apenas podía estar erguido media hora, así que volví solo a la sucursal una hora más tarde que el día anterior, para asegurarme de que el Sr. Subdirector había terminado ya de desayunarse:

TO: Supongo que Antonia le comentó que ayer estuve con mi padre, que él mismo dijo que quería otra tarjeta y que...

SUB: Sí, sí, ya he hablado con ella. Lamentablemente...

El subdirector se sube las gafas.

SUB: ... me temo que no podemos hacer nada. Las normas del banco son estrictas y especifican que el titular de la tarjeta debe solicitarla en la oficina.

Las gafas se escurren. Yo me mosqueo. Sobre todo por su seriedad al decirlo, como si le hubiese propuesto un chanchullo. Y porque aún no se ha disculpado por no haber estado el día anterior.

TO: Sí. Ya.

Calma, respira.

TO: Me lo dijo usted el primer día.

SUB: Exacto. Tiene que venir él y debe hacerlo delante del director o, en este caso, delante del subdirector, o sea, yo.

TO: Ya. Por eso vinimos ayer los dos.

SUB: Claro, es necesario que el que autoriza, o sea, yo, vea que es el propio titular quien la pide.

TO: Claro. Y usted no pudo verlo.

SUB: Claro, no estaba en ese momento en la oficina y no...

TO: No, estaba desayunando.

Se queda helado. Mi mira. Se sube las gafas. Se escurren. Se pone serio.

SUB: Eh... Eh... Vamos a ver...

TO: ¿Es algo extraordinario?

SUB: ... ¿Cómo?

TO: Solicitar un duplicado de tarjeta. ¿Es algo extraordinario, una operación especial, poco frecuente?

SUB: No, no, para nada, es algo habitual, un simple trámite corriente.

TO: ¿No es como... No sé, una hipoteca sobre una fábrica, una compra de divisas, una inversión en una SICAV...?

SUB: ¡Qué va, qué va, para nada! Ya le digo que es algo habitual. Pero por seguridad, debe hacerlo el propio titular bajo la supervisión del...

TO: O sea, que ayer mi padre vino aquí tal y como le indicaron, en horario comercial de Cajamadrid, a hacer una operación normal y corriente y no pudo hacerla... porque usted estaba desayunando. ¿Es eso?

Le miro directamente al entrecejo que asoma sobre sus gafas en la punta de la nariz. Se las sube. Se escurren. Me mira como si los dos fuésemos a desenfundar.

SUB: Vamos a ver, señor, no se trata de...

TO: Se trata exactamente de eso, Sr. Subdirector. Se trata de que cuando usted está desayunando aquí nadie sabe dónde está, nadie puede llamarle por teléfono. O bien se trata, como sospecho, de que todo el mundo tiene la orden de no molestarle, porque no me creo que no tengan un móvil al que llamarle en caso de robo, incendio, cliente destacado o inspección fiscal... mientras usted desayuna.

La pausa antes del final le ha mosqueado. ¿He dicho que se le escurren la gafas? Pues se las vuelve a subir.

SUB: A ver, lo que no puede pretender usted es decir si tenemos o no derecho a ir a desayunar.

TO: Por supuesto que no. Pero lo que no puede ser es que mientras usted desayuna haya clientes de Cajamadrid que no pueden realizar trámites sencillos como pedir un duplicado de tarjeta. Eso es un error de planificación por no dejar a alguien autorizado o por no dejar una forma de contacto cuando se necesite de su firma. Y no es de recibo que por un error de planificación de ustedes los clientes tengan que quedarse esperando o, como en este caso, volver otro día.

SUB: A ver, que no se trata de un error sino de una directiva...

TO: Que sí, que sí, una directiva de seguridad por si yo soy uno de esos hijos que salen en España Directo, que tienen a sus padres extorsionados y sableándoles sus pensiones para gastármelo en farlopa, si lo entiendo, de verdad que lo entiendo. Por eso, lo que yo le propongo no es que deje usted de desayunar ni que se salte su directiva de seguridad, pero sí que enmienden el error de planificación de ayer. Lo que le pido es que mañana, cuando salga usted a desayunar, dedique diez minutos a acercarse a mi casa a recoger la firma de mi padre.

SUB: Huy, me temo que...

TO: Está muy cerca, a dos manzanas. Si se asoma por la ventana que tiene a su espalda verá mi balcón. Nosotros le estaremos esperando, no serán más de diez minutos.

SUB: Es que...

TO: ¡Y después yo le invito a desayunar! Con pincho de tortilla y zumo natural, lo que usted quiera.

SUB: Es imposible.

Resoplo.

TO: ¿El qué es imposible?

SUB: Nosotros nunca vamos al domicilio del cliente. Cajamadrid no hace eso.

TO: ... Cajamadrid no hace eso.

SUB: Es política de la entidad, no vamos al domicilio del cliente.

Se sube las gafas. Se resbalan.

TO: ¿Me está diciendo en serio que nunca van, por ejemplo, al DIA del barrio, o al concesionario de coches? ¿Que si el gimnasio de ahí atrás mostrase interés en abrir una cuenta no irían a venderle sus productos? ¿De verdad me está diciendo eso?

En la mesa de al lado, Antonia y su clienta nos escuchan disimuladamente. Los de la mesa del otro lado también.

SUB: No, señor, no vamos. En ningún caso vamos a...

TO: Qué curioso, porque alguna vez he visto a ese muchacho de ahí (señalando a uno de una mesa) con su carpeta de Cajamadrid hablando con la encargada del DIA. Pensaría que igual estaba haciendo la compra si no fuese porque también soy cliente del gimnasio y amigo del dueño y me consta que han ido a ofrecerles cuentas y seguros.

El subdirector me mira con odio.

SUB: Mire... Yo comprendo que esté usted, eeeeh, alterado, nervioso por la enfermedad de su padre.

TO: No lo estoy. Pero si lo estuviese no sería por eso sino porque no se responsabilizan de sus errores de organización.

SUB: Yo le entieeeendo.

Así, alargando la e, con condescendencia. La alarga tanto que le llega hasta la mesa, cae hasta el suelo, llega hasta mis pies, me sube por la pernera del pantalón y me toca los cojones.

SUB: Pero no puede usted pagar su frustración por esa enfermedad con nosotros. Cualquier día que a su padre le venga bien puede venir y...

TO: Mi padre se muere.

SUB: ...

TO: Veo que Antonia no se lo contó todo.

Lo digo girándome hacia ella. Antonia y su clienta apartan la mirada disimulando. SUB se sube las gafas. Las gafas se escurren. En su frente veo un par de gotas de sudor.

TO: La enfermedad de mi padre es un cáncer terminal. Concretamente, de terminar antes de Navidad. Y ayer vino porque tuvo un día excepcional y sorpredentemente bueno. Tanto que no tuvo que tomar la pastilla de morfina hasta la noche. Puede que haya sido el último día bueno. Hoy, claro, está hecho polvo.

SUB: Mire, yo lamento muchísimo... Pero no podemos...

TO: Mis padres tienen cuenta en esta sucursal desde hace treinta años. Han pedido varios créditos que han pagado puntualmente. Han domiciliado aquí toda clase de recibos. Han sido unos clientes ejemplares que jamás han dado el menor problema. Incluso han traído como clientes a varios vecinos. Y ayer mi padre no pudo hacer aquí un trámite sencillito porque usted estaba desayunando y no previeron cómo hacerlo si usted no estaba.

SUB: Por favor...

TO: Esos son los hechos mondos y lirondos, al menos los que le competen a usted. El que me compete a mí es que yo le juro que, pase lo que pase, mi padre no vuelve a pisar esta oficina. ¿Me ha entendido?

SUB: No puede usted acusarnos del cáncer de...

TO: ¡Que si me ha entendido!

Sí, levantando la voz. SUB da un respingo y las gafas se asoman al abismo. Antonia y su clienta y los de la otra mesa miran sin disimulo. SUB también lo nota.

SUB: Le he entendido, pero...

TO: Mi padre va a pasar los pocos días de vida que le quedan con su familia, no desperdiciándolos aquí porque no saben ustedes organizarse. Así que la única forma de que mi padre firme su puñetero papelito es que usted venga a recoger la firma que no pudo recoger ayer porque estaba desayunando. Ahora dígame sólo sí o no: ¿va a venir usted a mi casa?

SUB: Vamos a ver, nosotros...

TO: ¡Que me diga sí o no!

El subdirector da otro respingo y se sube las gafas cuando ya se despedían de su cabeza. Mira por encima de mí y deduzco que varias personas más nos están observando. De hecho, juraría que oigo mucho mejor el hilo musical, como si todo el mundo se estuviese callando. Me mira fijamente, muy cabreado. Las gafas se resbalan junto con una gota de sudor.

SUB: La política de Cajamadrid es que nunca vamos a casa de...

TO: O sea, que no.

Me levanto y me voy poniendo la chaqueta. SUB también se levanta nervioso.

SUB: Es que no lo hacemos nunca, no vamos a casa de los clientes.

TO: Ajám.

Me sigo abrochando, poniendo las gafas de sol y la mochila.

SUB: No me entiende, no se trata de...

TO: Sí, que no quiere venir.

SUB: No, no es eso, tiene que comprender...

Me giro bruscamente con una mano extendida y se queda mudo. Incluso se echa para atrás. Creo que tiene miedo de que le calce la hostia que me estoy aguantando porque he visto que hasta el de seguridad está pendiente de mí.

TO: Calla, coño, que te entiendo. Te entiendo perfectamente. Y más que me vas a entender tú a mí.

Me doy media vuelta y me voy. Tras las gafas de sol veo que las veinte personas presentes en la oficina están observándome.


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